Plaza Colon

Pasar por la Plaza Colón un día como hoy te obliga, aunque sea por un segundo, a bajar un cambio.

Ya quedó lejos ese fragor del verano, las vacaciones son un recuerdo que se empieza a pixelar y, casi sin darnos cuenta, entramos en ese modo «productivo» que nos exige abril. Las agendas se llenan, las rutinas se vuelven pesadas y parece que la ciudad misma nos empuja a ir más rápido, a cumplir, a producir, a estar en mil cosas a la vez.

Pero hoy me detuve un momento bajo la llovizna. Miré cómo las hojas doradas se amontonan en las baldosas mojadas y cómo el aire, ya definitivamente fresco, te limpia los pulmones. Hay algo en la naturaleza que no sabe de entregas, ni de deadlines, ni de productividad. El otoño simplemente sucede; se toma su tiempo para soltar lo que ya no sirve y prepararse para el frío.

A veces, en medio de esa aceleración que nos agarra cuando el año «arranca de verdad», nos olvidamos de sentir el entorno. Detenerse a mirar la lluvia caer sobre las palmeras de la plaza o ver cómo el gris del cielo se funde con el asfalto no es perder el tiempo. Es, quizás, la única forma de no perdernos nosotros mismos en la rutina.

Los invito a eso esta semana: a que, entre trámite y trámite, o en medio de la corrida al trabajo o a la facultad, se permitan un minuto de «no productividad». Piren la plaza, sientan el frío en la cara y respiren el olor a tierra mojada. La naturaleza nos está avisando que está bien ir más despacio.

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