Mirar desde la orilla

Hoy la postal nos para frente a la pista de la Bristol, con el mar de fondo y ese viento helado que corta la cara.Hay algo en el skatepark que siempre me genera una mezcla de fascinación y melancolía. Ver a los pibes tirarse por las rampas, caerse, levantarse al segundo y volver a intentar ese truco con una soltura total. Para mí, el skate siempre fue algo ajeno, un mundo que nunca me animé a tocar y que siempre miré de lejos, apoyado en la baranda, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.Quedarse mirando desde afuera en pleno agosto te hace pensar en el paso del tiempo. En esas cosas que no hicimos, en la audacia de los que se animan a volar sobre el cemento mientras uno elige la tranquilidad de la vereda. El ruido seco de las tablas contra el hormigón, mezclado con el rugido de las olas rompiendo a pocos metros, tiene una poesía muy propia de nuestra costa.A veces, ser espectador de la ciudad también es una forma hermosa de habitarla: detenerse, contemplar la juventud ajena y dejar que la nostalgia del invierno haga lo suyo mientras la tarde cae.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *