Los Molinos de Punta Iglesia

Hay lugares en la ciudad que cargamos encima sin darnos cuenta. Punta Iglesia es uno de esos. Pasamos por ahí, miramos el mar, y no siempre caemos en la cuenta de que estamos parados sobre capas y capas de historia marplatense.
Los molinos de colores que giran sobre el Paseo Dávila —esos que conectan Punta Iglesia con La Perla— llegaron en diciembre de 2010, pintados con los colores de las banderas iberoamericanas para la Cumbre de Jefes de Estado que se hizo acá en Mar del Plata. Más de veinte aspas girando al viento del Atlántico. Una postal que hoy ya forma parte del paisaje cotidiano, casi sin que lo notemos.
Pero lo que hay debajo de esos molinos es mucho más viejo y mucho más denso. Punta Iglesia fue, antes de que esta ciudad tuviera nombre, el primer intento de puerto. Ahí estaba el saladero de Coelho de Meyrelles, el primer muelle de madera, la aduana. Los barcos que salían cargados de tasajo rumbo a Brasil. Después vino Lavorante con su pileta de agua de mar cavada en la piedra. Un temporal se la llevó en el ’24. Otro temporal en el ’50. Y así, cada vez que la ciudad intentó aferrarse a ese pedazo de costa, el mar le recordó quién manda.
Hoy los molinos giran, los chicos corren por la plazoleta y los turistas se sacan fotos sin saber muy bien por qué hay banderas en las aspas. Y está bien que sea así. La ciudad vive encima de su historia aunque no siempre la lea.

