Las energías renovables pueden ayudar a restaurar la tierra degradada

Paneles solares, parques eólicos y redes eléctricas necesitan cada vez más espacio. Elegir bien dónde instalarlos puede marcar la diferencia: algunos proyectos ya muestran que producir energía limpia puede ir de la mano de la restauración de tierras, la protección de la biodiversidad y nuevas oportunidades para las comunidades.

En los desiertos de China, algunos proyectos solares están combinando paneles con vegetación, captación de agua y técnicas para frenar el movimiento de la arena. En India, pequeños agricultores utilizan la energía solar para regar sus cultivos y vender la electricidad que les sobra. Y en Sudáfrica, una antigua mina se ha convertido en un lugar para producir energía renovable.

Estos ejemplos fueron presentados durante un panel de la COP17 de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, que se celebra esta semana en Ulán Bator, Mongolia.

La cuestión de fondo es cada vez más urgente. Para abandonar los combustibles fósiles harán falta muchos más paneles solares, turbinas eólicas y líneas de transmisión. Y toda esa infraestructura necesita tierras.

Muralee Thummarukudy, director de la Iniciativa Mundial sobre Tierras del G20, puso la escala en perspectiva.

“Actualmente se utilizan menos de 500.000 hectáreas para proyectos de energía renovable, pero esa cifra podría alcanzar unos tres millones de hectáreas para 2032”, afirmó.

Para Thummarukudy, el problema no es que las renovables ocupen terreno, sino qué terrenos se eligen y qué ocurre con ellos después.

“Cuando se instala en el lugar adecuado, la energía solar es la solución, no solo para la energía, sino también para la restauración ecológica […] Pero en otra situación puede no ser así”.

Elegir bien dónde instalar las renovables

Los pastizales son un buen ejemplo. En Mongolia y en muchas otras regiones del mundo, grandes extensiones abiertas pueden parecer tierras sin utilizar. Pero de ellas dependen comunidades pastoriles y ganado, además de albergar biodiversidad y sostener formas de vida desarrolladas durante generaciones.

“Cuando ves un pastizal, puedes pensar: ‘Oh, esta es una tierra vacía, ¿por qué no plantamos árboles o instalamos energías renovables?’”, señaló Thummarukudy.

Pero esa mirada puede ser engañosa: “un pastizal es un ecosistema completamente distinto”, recordó.

Para Julian Blanc, jefe de la sección de Biodiversidad y Tierras del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), una buena planificación es la clave para evitar cometer esos errores.

En lugar de decidir primero dónde construir y evaluar después las consecuencias, Blanc propone mirar el paisaje antes de tomar la decisión: qué especies viven allí, de dónde viene el agua, quién utiliza esas tierras, por dónde se desplaza la fauna y qué zonas son vulnerables a sequías o inundaciones.

“Nada está libre de impactos”, subrayó.

Las evaluaciones ambientales y sociales, explicó, deberían servir para decidir dónde invertir y no ser un requisito que se cumple cuando el proyecto ya está prácticamente decidido.

También es fundamental escuchar a las comunidades. Quienes viven en un territorio pueden conocer, por ejemplo, zonas propensas a inundarse o lugares especialmente afectados por la sequía y otros riesgos que un estudio técnico no siempre consigue identificar.

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