La Escollera Sur

Hoy la postal nos lleva a un lugar que todos los marplatenses conocemos bien, pero visto bajo una luz (y una lluvia) que le devuelve toda su fuerza dramática: el final de la Escollera Sur.
Esa silueta blanca del Cristo Redentor con los brazos abiertos, aguantando el diluvio y el viento, es una imagen que se te queda grabada. Pero más allá de lo visual, para mí este rincón tiene olor a salitre y sabor a recuerdos de madrugadas con la caña.
Seguro a muchos les pasó esa sensación tan única de la escollera: el contraste entre los dos lados. De un lado, el puerto, con el agua más mansa, casi como si estuviéramos en una laguna, ideal para pescar «de flote» siguiendo la boyita tranqui. Pero caminás unos metros hacia el otro lado, el que da al mar abierto, y la cosa cambia totalmente. Ahí el mar se pone bravo, el viento te pega de frente y hay que tirar «de fondo», buscando que el plomo se agarre bien mientras las olas rompen contra los bloques de piedra.
En esta obra quise capturar precisamente ese momento donde la naturaleza se impone. El Cristo queda ahí, imperturbable, como un guardián silencioso de todos los que alguna vez buscamos un poco de paz (o algún pejerrey) en estas piedras, sin importar el clima.

